La emblemática pastelería, ubicada en la Puerta del Sol de Madrid, celebra su aniversario con una edición especial de su icónica Tarta de Fresa

A finales del siglo XIX, se fundó La Mallorquina. Más de un siglo después, en ella se sigue elaborando una variada y extensa carta de postres y de dulces artesanos, combinando tradición e innovación. En su obrador se preparan más de 200 tipos de bocados dulces, entre los que destacan las tartas, los pasteles, las napolitanas de crema y de chocolate, los cruasanes, las bambas de nata, las trufas y el ponche de yema.

La pastelería conmemora su aniversario con una edición especial de su famosa ‘Tarta de Fresa’, compuesta por tres pisos de bizcocho rellenos de crema pastelera y de nata, y coronada con fresas.

Además, coincidiendo con la celebración, se ‘levantará la persiana’ de dos nuevos espacios:

  • En julio, se inaugurará una pastelería en El Rastro de Madrid. Dispondrá de la misma oferta que la de Sol, con la ventaja de que también abrirá los domingos.
  • En septiembre, se abrirá otra pastelería en la calle de Hermosilla, en el exclusivo Barrio Salamanca. Contará con obrador propio y elaborará la carta tradicional, complementada por una nueva línea de productos.

“Con la apertura en El Rastro, que abrirá los domingos, y la nueva tienda en el Barrio Salamanca, se podrán percibir los valores de una marca que siempre ha querido estar cerca de los ciudadanos, con la exigencia de ofrecerles el mejor producto. Damos así nuevos pasos de futuro con una historia que es inmejorable”, explica Ricardo Quiroga, Director General de La Mallorquina.

La dulce historia de La Mallorquina

Tres socios (Balaguer, Coll y Ripoll), de origen balear, fundaron La Mallorquina en 1894. La tienda se ubicó en la calle Jacometrezo y, con el paso del tiempo, se trasladó al nº 8 de la Puerta del Sol.

En la pastelería se ofrecía una amplia gama de productos: propuestas saladas, como embutidos y conservas; y dulces, como barquillos y bombones. De igual forma, se introdujeron bocados que no llegaban a la capital, como la ensaimada. Siempre se contó con prestigiosos confiteros al frente del obrador, como Teodoro Bardají, que innovaron y aportaron nuevas creaciones, fórmulas y técnicas, que trajeron desde París. La atención que se procuraba a los clientes fue otra clave de su éxito. Los camareros, vestidos de frac, atendían tanto en castellano como en francés. En poco tiempo, su salón se convirtió en un espacio de reuniones y tertulias. Distintas personalidades de la época lo frecuentaron, como miembros de la Casa Real y del Gobierno, Ortega y Gasset, Pérez Galdós y Gómez de la Serna. Según cuentan, Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura, solía degustar Tortel con café cuando necesitaba inspirarse.

Tras la Guerra Civil, La Mallorquina, bajo la nueva dirección de las familias Quiroga y Gallo, tuvo que adaptarse a los tiempos. Su propuesta se vio reducida, debido a la escasez de ingredientes; pero logró abrirse paso.

En la década de los 60, se concedió más protagonismo al Salón de Té. Se instaló una marquesina de granito y se dispusieron en la fachada sus símbolos más emblemáticos: su nombre en letras de hierro y la muñeca rosa con delantal de repostera.

En la actualidad, en La Mallorquina se sigue manteniendo la filosofía que la ha convertido en un referente de la pastelería: “Otorgar el máximo protagonismo al producto y apostar por el valor de lo artesanal”, se explica en un comunicado de prensa. Por ello, a finales del año pasado, fue condecorada con el Sello y el Diploma de Calidad otorgados por Asempas (Asociación de Empresarios Artesanos del Sector de la Pastelería de Madrid).

 Fuente de las imágenes: La Mallorquina.

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