Con el ceño fruncido, Sawsan, una niña de 10 años de edad con un viejo abrigo marrón que le cubre las rodillas y su huesudo cuerpo, vende paquetes de pan en el centro de Damasco.

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«Vengo aquí todos los días con mi mamá y esperamos en la fila para comprar paquetes de pan. Yo me llevo los paquetes y los vendo a personas que pasan en coche o a pie mientras mi mamá hace fila otra vez para comprar más pan», explica Sawsan.

Sawsan dice que va a la escuela, pero con frecuencia falta a clases para ayudar a su mamá. Ambas huyeron del distrito de Jobar en el este de Damasco.

Mientras las panaderías subsidiadas por el gobierno con frecuencia están llenas de gente que espera en largas filas para comprar pan, los menos afortunados han optado por obtener algo de dinero de esta situación.

Llevan a sus hijos a alguna panadería a comprar el pan. Después piden a sus hijos que lo revendan a quienes no quieren esperar en la fila al doble del precio de la panadería.

Ahora se ha vuelto cada vez más común en las calles de la capital ver a niños y adultos gritando «¡Pan fresco!»

El padre de Sawsan murió antes de la guerra civil y ella y su madre sufren ahora las dificultades de una crisis de cinco años de antigüedad.

Su madre, Siham, solía trabajar limpiando casas, pero tiene problemas con un disco de la columna vertebral lo que la ha llevado a pensar en algo menos estresante.

«Tenemos que vivir. Yo sigo limpiando casas, pero a un precio menor por mi estado de salud, y cuando no estoy limpiando llevo a Sawsan a la panadería para sacar algo de dinero», comenta Siham.

«La crisis ha sido muy dura para nosotros, los pobres. No estábamos muy bien antes de la crisis pero, después de que huimos de nuestra casa en Jobar, sentimos el dolor verdadero, el dolor de tener necesidades y no ver nada en el horizonte» dice, expresando el deseo de encontrar un mejor empleo para que su hija reciba una educación apropiada.

Aunque no es sólo pan: los niños se pueden ver en los mercados vendiendo todo tipo de cosas, paquetes de pañuelos desechables, cigarrillos o rosas.

Cerca de 3,7 millones de niños sirios, cerca de uno de cada tres, han nacido en medio del conflicto iniciado hace cinco años y sus vidas han sido moldeadas por la violencia, el miedo y el desplazamiento, según el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

La cifra incluye a 306.000 niños nacidos como refugiados desde el 2011, según la agencia de la ONU.

En total, Unicef calcula que cerca de 8,4 millones de niños, más del 80% de la población infantil siria, son afectados en este momento por el conflicto, ya sea en el país o como refugiados en países vecinos.

«En Siria, la violencia se ha vuelto algo común que llega a los hogares, las escuelas, los hospitales, las clínicas, los parques y los sitios de culto», explica Peter Salama, director regional de Unicef para Medio Oriente y el norte de Africa. «Cerca de siete millones de niños viven en la pobreza y su vida está marcada por la pérdida y la privación».

De acuerdo con el informe llamado «No es lugar para niños», Unicef verificó cerca de 1.500 infracciones graves contra niños en 2015. Más del 60% de estos casos condujeron a la muerte de niños o a dejarlos lisiados como resultado de armas explosivas usadas en áreas pobladas.

Más de un tercio de estos niños murieron en la escuela, de camino a ella o de camino al terminar su jornada escolar.

Uno de los desafíos más importantes del conflicto es proporcionar educación a los niños. Las tasas de asistencia escolar en Siria se encuentran por los suelos. Unicef estima que más de 2,1 millones de niños dentro de Siria y 700.000 en países vecinos no asisten a la escuela.

En respuesta, Unicef y sus socios lanzaron la «Iniciativa ninguna generación perdida» que se compromete a restablecer la enseñanza y a proporcionar oportunidades a los jóvenes.

«No es demasiado tarde para los niños de Siria. Siguen teniendo esperanzas de una vida de dignidad y posibilidad», dice Salama. «Aún tienen sueños de paz y la posibilidad de alcanzarlos».

 

Fuente: Pueblo en línea. Foto: Save the Children

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