Desde que la crisis sacudió su puesto de trabajo en una consultora, este ingeniero técnico en telecomunicaciones ha pasado a ser, a sus 51 años, dueño de una pequeña panadería y experto en panes, harina y tipos de bollería.

Hace dos años nadie le hubiera dicho a Pere Aragonès, ingeniero técnico en telecomunicaciones, que a sus 51 años sería dueño de una panadería y experto en tipos de harina y bollería. Padre de dos hijos de 14 y 20 años, casado y con mucha ambición, en menos de dos años Aragonès ha dado un salto de su trabajo como director de proyectos en una consultora estratégica de sanidad a adueñarse de una pequeña panadería, familiar y rural, situada en Masroig. No se trata de la realización de un sueño latente de convertirse en panadero, sino que el motivo tiene otro nombre: la crisis económica por la que atraviesa España y que ha empujado a Pere a reinventarse.

Todo empezó cuando hace dos años la crisis llamó a su puerta: la empresa para la que trabajaba le propuso trasladarse a Málaga para comenzar un nuevo proyecto en el ámbito público. «No me gustó la idea. Aquello se traducía en crisis y salir malparados. Veía muy mal el futuro que planteaba, pues era un momento de elecciones autonómicas en Andalucía y habría recortes por todos lados», explica.

Previsor y cauteloso, rechazó la propuesta, que le llevó a tener que acordar su propio despido con la empresa para la que había trabajado durante los últimos seis años. En diciembre de 2011 el finiquito llevaba ya su firma y Pere tenía ante sí un nuevo futuro, aunque por aquel entonces todavía muy incierto.

«En aquel momento pensé, o cojo el paro y busco trabajo o directamente busco algo que hacer», cuenta Aragonès.

Sin dudarlo un momento, optó por la segunda opción. «Vi en ese momento (de pérdida de trabajo) la oportunidad de hacer algo», añade, positivo. Y la ocasión apareció de repente. En ese momento, un familiar suyo abandonaba el negocio de una panadería en Masroig, a 50 kilómetros de la casa de Pere. A pesar de que aquel no era su mundo, el ingeniero se lanzó a la aventura.

«No tenía ni idea de nada que tuviera que ver con el mundo de la hostelería. De hecho, no había visto otra harina que la que había en casa», dice Aragonès. Así que el ingeniero se fue rumbo a Barcelona para estudiar en la escuela de hostelería Hofmann y enseguida tenía las manos en la masa. Sin darse cuenta estaba al mando de Bocinets, nombre que lleva la panadería y que hace referencia a una variedad de coca típica de la comarca.

Hoy, Pere se levanta de madrugada para trabajar, ya no habla de proyectos sanitarios ni hace viajes laborales varias veces al mes. Pero ha pasado a conocer todos los tipos de harina, panes y procesos de horneado. «Ha sido un reto muy duro, un cambio brutal en mi vida», confiesa, a la vez que se acuerda de la primera noche que entró en el obrador de la panadería: «Dios mío, dónde me he metido», pensaba.

Y es que el sueldo que gana y el ritmo de vida han cambiado muchos aspectos de su vida. «No tiene nada que ver el tipo de trabajo de un director de una consultora con el que tengo ahora», asegura, mientras explica también cómo ha afectado el cambio a sus amistades: «Cuando haces un tipo de trabajo así, con un horario invertido, renuncias a muchas amistades. Cuando yo me levanto, la gente duerme y cuando yo me acuesto, quedan para tomar algo. Lo he invertido todo», lamenta.

«Mucha gente confiesa que no se vería capaz de hacer un trabajo así. Y yo creo que si la crisis no hubiera existido, esto no habría pasado», cuenta. Creo que es fácil hundirse pero no es mi caso. Todo depende de cómo se afronta la realidad», explica.

Hoy, cuando Aragonès y su familia echan un vistazo hacia unos años atrás solo tienen motivos para enorgullecerse: han logrado vencer la crisis con gran esfuerzo y resolución.

ANGELA BIESOT | EL PERIÓDICO DE CATALUNYA

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