fuente: La Nueva España

Él mismo lo reconoce. Es meticuloso y detallista hasta la obsesión. Y quizás es una de las claves de sus éxitos laborales. Julio Blanco, maestro pastelero, acaba de ser reconocido con el galardón al mejor repostero de España, una distinción que concede la Real Academia de Gastronomía y que en unos días recogerá en Madrid, donde está citado con otros «grandes» del sector, incluídos personajes de la farándula como Juan Echanove -éste por su apoyo absoluto a la gastronomía española-. Para Julio Blanco el nuevo y gran reconocimiento es la guinda a un pastel que comenzó a crear con apenas 15 años, cuando dejó los estudios para empezar a formarse en el obrador de Sebastián. Esa búsqueda del profesionalismo le llevó incluso a ser discípulo de Paco Torreblanca, todo un nombre incuestionable del gremio.
«Lo tenía muy claro desde siempre; siempre supo que los fogones y los obradores eran lo suyo». La afición le viene de lejos a este gijonés de 35 años «del barrio de El Llano de toda la vida». Trasteando en la cocina con su madre y su abuela aprendió los rudimentos de la que se convertiría en su profesión y su mayor afición. En el entorno familiar vio cómo se amasaban empanadas y se hacían guisos, hasta tal punto de que «en la cocina yo ni entro, eso es cosa suya», bromea su esposa y socia en la empresa «Pomme Sucre», Alejandra Rodríguez.

Porque Julio Blanco no sólo triunfa con la elaboración de postres, en los que las masas y los populares «panettone» se han convertido en la enseña de la casa. «También con lo salado es un fenómeno; la paella le sale fenomenal», confirman sus allegados. Es habitual que, en las frecuentes celebraciones en casa con los amigos , los platos del menú sean cosa suya. «Y siempre le sale bien», corrobora su mujer.

Hasta tal punto que en su línea de negocio tiene ya una presencia importante la elaboración de salados y menús para restaurantes y celebraciones de diversa índole. Es el reflejo de un trabajador nato lleno de inquietudes. «No puede pararse, siempre está haciendo cosas, experimentando», explica Alejandra Rodríguez. Y eso incluye una buena dosis autodidacta, porque todos los libros sobre cocina que caen en sus manos los devora con ansia, intentando descubrir algún pequeño detalle que incorporar a sus creaciones, un giro novedoso que sumar a su repertorio. Cuenta su familia que últimamente anda entusiasmado con un recetario de 1927 que perteneció a la bisabuela de su esposa, una rama de la familia afincada en México y que ya en aquellos años regentaba un restaurante. El librillo se ha convertido en todo un tesoro del que Julio extraerá a buen seguro alguna novedad interesante.

Siempre ha destacado el gijonés por desplegar una labor callada, de hormiga que absorbe toda la información a su alrededor. Como cuando participa en jornadas con otros cocineros a lo largo y ancho del mundo. Sus compañeros lo recuerdan «siempre entre fogones, siempre pegado a los demás profesionales para aprender de ellos». Y en la práctica, en su negocio diario, aplica el mismo sistema de trabajo. Es habitual que, después de echar el cierre en sus centros de trabajo de Gijón, se quede algunas horas de más en el obrador con sus aprendices, experimentando y probando nuevas fórmulas. «Hasta que no le sale bien no para, prueba una vez y otra y otra hasta que lo consigue», asegura su mujer.

Además de la cocina, Julio es un apasionado del deporte, y buena parte del tiempo que le dejan libre sus fogones lo dedica a salir a correr, a montar en bicicleta o al fútbol. En la dinámica de «no poder pararse quieto» que relatan sus familiares.

El resto del tiempo es para la familia, para su esposa y sus dos hijas, de seis y cuatro años. La mayor, Danielle, ha heredado además el gusto paterno por la cocina. Como cuenta su madre, «siempre lo ayuda, coge el cuchillo como una profesional y si tiene que colaborar para limpiar un kilo de mejillones, lo hace encantada». En su padre tiene a un gran maestro, no sólo en lo culinario.

Julio Blanco ha sabido lidiar con el mundo empresarial y triunfar con un negocio que ya tiene dos puntos de venta en Gijón, otro en Madrid y un tercero en Albacete, montado junto a un amigo. Todos ellos van bien, a base de echarle horas de trabajo y ganas de innovar. El gijonés no duda en apuntarse a cuantos cursos y concursos sean necesarios para dar la última vuelta de tuerca a sus creaciones, heladería y coctelería incluídas.

Y todo ello, desde una timidez extrema. «Le cuesta mucho venderse, es muy introvertido y no le gusta nada hablar de sí mismo. Lo suyo es estar en el obrador entre harinas y chocolates, concentrado en su trabajo», aseguran sus íntimos. Quizás, porque su manera de expresarse se dirige al paladar, y resulta de lo más dulce.

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