Desde que tengo uso de razón recuerdo que en mi casa era costumbre siempre que se iba a cortar el pan con un cuchillo, antes de dar el primer corte, se hacía la señal de la cruz con la punta del cuchillo en la suela…

Este gesto de respeto hacia el pan y de creencia cristiana quedó impresa en mi mente y, aún hoy, repito el gesto cada vez que me toca la grata tarea de cortar el pan. También, si accidentalmente se caía una pieza o trozo de pan al suelo, se recogía y se besaba con respeto antes de depositarlo nuevamente sobre la mesa o en su cesta; en la higiene ni se pensaba, ni creo que haya sido nunca un problema. Realmente no sé si estás costumbres son familiares, locales, regionales, nacionales o internacionales. Lo que si sé es que, como ésta, existen muchas costumbres populares sobre el pan en muchos lugares, que nos gustaría poder ir conociendo y publicando. De momento empezamos por una típica del País Vasco y otra más internacional:

Una costumbre vasca: el pan de Navidad

Nos lo cuenta Félix Mugurutza en su blog El arca de no sé: “Aunque a algunos os parezca mentira, hoy por hoy no hay nadie de cierta edad en el mundo rural vasco al que le resulte desconocido aquel ritual tan especial que daba —y da aún en muchos hogares— el pistoletazo de salida a la cena más ceremoniosa del año y, por ende, a todo el período de la Navidad.

Era el de más edad de la mesa el que cargaba con la responsabilidad de hacerlo, con la mayor solemnidad posible. En algunos pueblos, no en el mío, era costumbre rezar previamente un padrenuestro por cada difunto de la familia. Tras trazar con la punta del cuchillo una cruz en la base del pan, se besaba éste. Así quedaba purificado, apto para adquirir su verdadero potencial sobrenatural. A continuación, se procedía a cortar diversas rebanadas de pan que se repartían siguiendo la edad o la jerarquización de la mesa.

Pero el primero de los trozos cortados, el currusco, era el que iba a ser el protagonista del acto. Separado de la hogaza, se guardaba bajo el mantel, lugar que habría de ocupar toda la noche para pasar luego el resto del año en un armario o cajón. Todo el mundo con el que hablemos nos repetirá insistentemente que era un trozo que no se enmohecía en todo el año, indicio que ya nos pone sobre aviso de sus cualidades mágicas.

En algunos lugares, una vez colocado el pan ritual bajo el mantel, se rescataba el del año anterior y se repartía para ingerirlo, en pequeños trozos, entre todos los comensales y los animales de la casa, cerrando un ciclo anual. Se creía que actuando así se preservaba la salud: no en vano también es conocido en euskera como ‘ogi salutadore’, ‘pan que da salud’. En otras localidades, el más anciano de la casa untaba una punta del currusco en vino para ablandarlo y poder comerlo, repartiendo el resto entre los animales.

En mi familia, sin embargo, no se hacía eso. Al contrario, y al igual que en otros muchos lugares, se guardaba por si había que dárselo a algún perro enfermo de rabia: era el único método de sanación conocido para esa enfermedad. En otros valles cercanos, se arrojaba a los ríos crecidos cuando era inminente la inundación, para rebajar su cauce. Asimismo, en la costa vizcaína era lanzado al mar embravecido, para calmarlo, o en otros muchos lugares a las tormentas de pedrisco para evitar que descargasen, una vez más, su rabia.

No era extraño tampoco pensar que mientras aquel pan estuviese en casa preservaría de desgracias el hogar. También se daba a los mendigos pensando que así pondría fin a sus cuitas, porque su capacidad milagrosa no conocía límites.

Nosotros, que hoy vivimos en un piso y no tenemos ríos, mares o tormentas que calmar, pintamos con un rotulador el año en el primer trozo de pan cortado. Y lo tenemos como comensal invitado debajo del mantel durante toda la cena y, a la mañana siguiente, una vez pasado Olentzero, lo guardamos en un cajón junto a los de otros años. De ese modo vamos completando poco a poco el álbum de nuestras Navidades, el de nuestras fugaces vidas familiares”.

El pan de San Antonio

Esta obra de caridad, así la podemos llamar, fue introducida en España en Albuñuelas (Granada) el 8 de agosto de 1899, por el entonces sacerdote, D. Joaquín Marín Robles. Justamente un año después, de que fuera instituida en la Basílica del Santo, en la ciudad italiana de Padua. El pan de los pobres o pan de San Antonio, se remonta a un episodio que tuvo lugar en la ciudad de Padua. Según se cuenta la leyenda, una madre, que vivía cerca de la Basílica del Santo, que se estaba construyendo, dejó a su hijo de año y medio, solo en la cocina. El niño jugando se cayó dentro de una tina llena de agua. Al llegar la madre a la cocina lo encontró sin vida. Empezó a gritar y a invocar al Santo, haciéndole el voto de que si obtenía la gracia de su salvación daría para los pobres tanto pan como pesaba su hijo. La gracia le fue concedida, y de esta forma se instituyó la obra de beneficencia.

Como podemos observar, dicha tradición se extendió rápidamente por toda la Europa cristiana. Esta obra de caritas antoniana, consistía en recaudar dinero, para posteriormente comprar pan para la gente que no tenía posibilidades o para sufragar posibles gastos de la iglesia. Para esta obra piadosa en Albuñuelas se formó una especie de comisión, en la que tenían sus estatutos, a dicha comisión D. Luis Huelgín hizo entrega de un cuadro con la imagen del santo y del cepo para la recaudación del dinero. Esta obra del pan de San Antonio fue destruida durante la guerra en el año 1936.

En muchas iglesias existe aún un limosnero con esta finalidad, generalmente colocado bajo una imagen del Santo.

El pan de las ánimas

Se trata de otra tradición, que perduró durante muchos siglos en el pueblo, ya que hay constancia de la Cofradía de las Ánimas allá por el siglo XVI. El conocido pan de las ánimas se trataba de un bollo, amasado con pellizcos de masa que daba la gente del pueblo. Una vez juntados y amasados estos pellizcos en el horno, se procedía a la cochura. Cuando el pan estaba ya hecho se vendía y con el dinero recaudado se pagaban los oficios del mes de noviembre, el mes de las ánimas.

Debemos de recordar que antiguamente cada mujer, amasaba el pan de su familia en su casa y luego llevaba la “horná” al horno. Según cuentan las mujeres mayores, cuando se amasaba el pan, se persignaban diciendo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Acto seguido se hacía cuatro señas en la masa, haciendo la forma de la cruz, diciendo: “Crece masa, como la Virgen María creció en Gracia. Cuando se estaban haciendo las últimas amasadas, se quitaba un pelote de masa, al que curiosamente se le llamaba “la polla”, y se guardaba a un lado. Una vez hecho los panes, se iba al horno a cocerlos, y “la polla” era juntada con los pelotes de las demás vecinas. Otras veces era la mujer del horno quien pedía a las comadres el pelote, para hacer el llamado pan de las ánimas. Como anécdota decir que el pan, nunca era igual, unas veces la gente daba la “polla” más grande que otras. Una vez metido el pan dentro del horno y cerrada la puerta. La hornera procedía a hacer la señal de la cruz con la pala y acto seguido procedía a bendecir la cochura, con las siguientes oraciones:

 “Dios te bendiga, Dios te crezca, Dios te haga buen pan de mesa”. O “Dios que te crió en el campo, que te crezca en el horno”.

Llegando el mes de las ánimas, noviembre, se procedía a oficiar las misas. Se dividía el mes por el número de hornos que había en el pueblo. Dependiendo de las hornadas que se hacían, se colocaban los catafalcos y demás enseres. En definitiva, el horno que más hornadas hacía y más dinero recogía con los panes de las ánimas, mayor solemnidad tenían los oficios, la solemnidad iba descendiendo al igual que descendía las hornadas de los hornos. Con el tiempo el pan de las ánimas se perdió, y solo ha quedado el novenario a las ánimas acompañado del rezo del Santo Rosario durante el mes de noviembre, el mes de las ánimas.

 

Fuente de las imágenes: Deia. Iglesia de los jesuitas de Helderberg (Alemania). EFE.

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