El alcohol no sólo cura las heridas: ayudó a Joughin a envalentonarse y salvar a mujeres y niños

Fue un afortunado: murieron 1.514 personas de las 2.223 que iban a bordo

Cuando zarpó el 10 de abril de 1912, el Titanic era el buque más grande del mundo. Con 880 pies de largo (268 metros) y 175 pies de altura, se necesitó un equipo de 20 caballos para arrastrar el enorme ancla del Titanic, y el barco estuvo en construcción durante tres años. Tan impresionante como su belleza, su lujo y su tamaño fue la catástrofe que ocasionó al hundirse en la noche del 14 de abril de 1912, durante su viaje inaugural de Southampton a Nueva York. A los cuatro días de partir se estrelló contra un iceberg y estuvo agrietándose durante dos horas y media, mientras los pasajeros hacían lo posible por encaramarse a un bote salvavidas.

Más tarde se descubrió que casi ningún bote fue llenado hasta su máxima capacidad. Murieron 1.514 personas de las 2.223 que iban a bordo. A las 2.20 h. de la madrugada del 15 de abril, el Titanic se partió por la mitad y se hundió definitivamente, con cientos de persona aún a bordo. La gran mayoría de los que quedaron flotando en el mar murieron de hipotermia -como le pasó a Jack, el joven ficticio de la oscarizada película de 1977 que recogió esta historia- o ahogados en el momento del hundimiento.

Sin embargo, uno de los casos más curiosos de los supervivientes fue el del jefe de panaderos: Charles Joughin. La primera vez que este británico se embarcó para trabajar en un buque tenía once años. Con el tiempo fue escalando y acabó dirigiendo el sector de panadería de barcos de lujo, por ejemplo, en el RMS Olympic, gemelo del Titanic.

Panadero hasta los 78

La dramática noche del hundimiento, Joughin, al enterarse de que el barco había colisionado y se iba a pique, decidió esconderse en su camarote abrazado a una botella de whisky. Sin embargo, comenzó a sentirse culpable por su pasividad y acabó acudiendo a la cubierta superior para ayudar a mujeres y niños a salvarse en los botes. Ejerció de psicólogo alentando a los dubitativos: había quien no quería subirse a los salvavidas porque no creían, dentro del estado de shock, que el Titanic fuese a hundirse realmente. Joughin los escuchó y los convenció de salir de allí.

También arrojó muebles de madera por la borda para que los que habían caído al agua pudiesen engancharse a algo. Fue uno de los últimos en saltar y, cuando lo hizo, permaneció dos horas en las gélidas aguas del Atlántico hasta que uno de los botes lo rescató. Al principio tenía que andar de rodillas, pero sobrevivió al desastre sin secuelas. Este suceso no le desanimó en lo que a su oficio se refiere: siguió trabajando en diferentes barcos y falleció a los 78 años.

¿En qué ayudó el whisky al jefe de panaderos? No precisamente le sirvió para quitarse el frío, porque el alcohol es un vasodilatador: la sensación térmica de calor es una simple ilusión. Es más, su consumo provoca una pérdida de temperatura corporal cuando el ebrio se expone a ambientes helados. No fue la borrachera de Joughin lo que le puso a salvo, sino los efectos del alcohol los que lo animaron a no desesperarse y a actuar, a ser más valiente de lo que a priori iba a ser y a ayudar a los demás y a sí mismo a salvar sus vidas.

Fuente: El Español. Fotos: El Español y National Geographic

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