Su empresa es una de líderes del mercado mundial de su sector: comercializa 10.000 productos, tiene 130.000 empleados y 170 plantas en 22 países, entre ellos España, de tres continentes

Era 2 de diciembre de 1945. Ese día empezó a trabajar en una pequeña panificadora en la Ciudad de México, en el barrio Santa María Insurgentes, que había fundado Lorenzo Servitje, junto con su hermano Roberto y otros cuatro socios, todos familiares y amigos. Con poco más de 30 empleados, una decena de camiones y cuatro variedades de pan, este hijo de catalanes tenía la ambición de que su SuperPan se comiese en toda la capital. Se quedó corto: su empresa es hoy una de las líderes del mercado mundial de su sector. Quizá suene más por el nombre de la factoría: Bimbo. Una compañía que actualmente tiene 10.000 productos, 100 marcas, 130.000 empleados y 170 plantas en 22 países de tres continentes. Servitje fue el primer guía de esa internacionalización, el líder de Bimbo hasta 1994. El viernes 3 de febrero ha muerto a los 98 años.

“A los 18 años me puse a trabajar porque mi padre había muerto. Empecé en una panadería del centro, donde también se vendían chocolates, y siempre soñé con crecer en este negocio”, explicó en un foro empresarial en 2013, preguntado por sus primeros pasos. Su progenitor, Juan Servitje, abrió la panadería El Molino en 1928. Lorenzo trabajó en la tienda desde los 16 y tuvo que hacerse cargo dos años después, cuando fallece su padre en 1937. Fue allí donde, en 1944, Jaime Sendra, hermano de su madre Josefina, tras escuchar a Lorenzo hablar de cómo quería expandir el negocio, le preguntó: “¿Qué te parece que pongamos una fábrica de pan de molde?”. Quizá por nostalgia, el Grupo Bimbo compró por 42 millones de pesos las 12 sucursales de El Molino en 2006. Volviendo a 1944, su suegro le vendió a plazos un terreno de 10.000 metros y allí construyeron su panificadora. La mitad del millón de pesos del capital inicial fue recaudado por los socios. El otro 50 % fue un préstamo de un banco de España.

Tras fundar la fábrica, se les ocurrió la primera mejora. “Fue que en lugar de envolverlo en papel encerado se hizo en celofán, eso garantizaba que el producto llegara fresco a los hogares”. También recordó dos de los pilares del crecimiento de Bimbo. “Recuerdo que cuando creamos el panqué los números no nos salían y una opción era bajar los ingredientes, pero recibí el sabio consejo de no hacerlo y así fue. Diría que no hay que negociar tampoco con la presentación del producto y publicidad”.

 

UNA PUBLICIDAD ROMPEDORA

Bimbo, con Lorenzo a la cabeza, creció con una inteligente campaña publicitaria. Sus primeros productos fueron lanzados al mercado acompañados de una serie de historietas con las aventuras de la mascota de la compañía, el Osito Bimbo, en los principales diarios de México. También tenían un programa de radio, Revista Radiofónica Bimbo, donde versionaban canciones populares con mensajes publicitarios. Para el 1955 ya tenía 700 trabajadores y 140 vehículos y en 1963 se reestructura por primera vez como empresa, creando una estructura corporativa.

Lorenzo, tras ser el primer gerente de la empresa, se convirtió también en primer director y presidente del grupo Bimbo hasta 1981 y después presidente del Consejo de Administración del grupo. Durante estas tres décadas, comandó el crecimiento de la empresa y la conquista del mercado internacional. Si durante los 60 y 70 se dedicó a crear y adquirir marcas como Barcel, Submarinos, Suandy, Carmel o Tortillinas y consolidó su dominio en el mercado mexicano; en los 80 sacó grupo Bimbo a la bolsa mexicana y entraron en el mercado estadounidense. A finales de esta década e inicios de los 90 el grupo abrió plantas en Guatemala, Argentina y Chile.

En 1994 dejó su puesto, que heredó tres años después uno de sus ocho hijos, Daniel Servitje Montull. Lorenzo decidió dedicarse más a cuestiones sociales, algo que le había interesado desde sus inicios. Ya muy temprano, a mediados de los 50, determinó que una parte de las ganancias de Bimbo irían a construir escuelas infantiles para  familias de bajos recursos. Fundador también de asociaciones como la Fundación Mexicana para el Desarrollo Rural o el Instituto Mexicano de Estudios Políticos, en 1999 le dieron el premio Tlamatini por sus aportaciones al campo de la educación. Su labor filantrópica siempre estuvo marcada desde sus profundas creencias católicas.

Su fortuna se estima en 4.200 millones de dólares, siendo uno de los 10 mexicanos más ricos. Además deja tras de sí ocho hijos, 24 nietos y 48 bisnietos. También sus cientos de miles de empleados. Una de sus máximas era que había que cuidar a la plantilla. En su última entrevista, concedida a la revista Expansión en noviembre de 2015, contaba que es “la lealtad, el amor por la camiseta”, había sido el secreto de su éxito, con “el personal es muy cercano de la empresa”, tanto que un vendedor, cuando cambiaron los uniformes, pidió que le hicieran uno. Quería ser enterrado con él. También le preguntan por su opinión sobre México. “No acaba de encontrar su camino, ése es el problema; tiene muchas cualidades, pero no encuentra su camino”, y sentencia, “los políticos… como en todas partes”.

Descanse en paz.

 

Fuente y foto: Diario El Español

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